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Chocolate: cuanto más sabes, mejor sabe

Quizá llevábamos demasiado tiempo haciendo la pregunta equivocada

Durante años hemos vivido una relación complicada con el chocolate: deseo, placer y, casi inmediatamente, culpa. No se trata de decidir si el chocolate es “bueno” o “malo”, sino de descubrir cuánto cacao contiene, de dónde procede y qué ha ocurrido con él antes de llegar a nuestras manos.

Porque no todos los chocolates son iguales. Y una tableta puede esconder desde un alimento extraordinario hasta un dulce en el que el cacao apenas interpreta un papel secundario.
El cacao no nació en una confitería europea. Mucho antes de convertirse en bombón, cobertura o postre, ya formaba parte de la alimentación y la cultura de los pueblos americanos.

Las evidencias arqueológicas más antiguas de su utilización se han encontrado en el sureste de Ecuador y se remontan a hace aproximadamente 5.300 años. Restos de almidón, teobromina y ADN antiguo hallados en recipientes sitúan en la Alta Amazonía uno de los primeros centros conocidos de uso y domesticación del cacao.

Esa conexión con el territorio continúa siendo esencial

Paccari fundada en Ecuador en 2002 por Santiago Peralta y Carla Barbotó, trabaja con cacao fino de aroma y un modelo “del árbol a la barra”, basado en la relación directa con las comunidades agrícolas, la trazabilidad y el control de todo el proceso. Porque el chocolate empieza mucho antes de desenvolverlo: empieza en la variedad del cacao, el suelo, la cosecha y las manos que lo cultivan.

La parte más interesante del chocolate procede de los compuestos naturales del cacao. Entre ellos destacan los flavanoles, un tipo de polifenoles estudiado especialmente por su relación con la función vascular.

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria reconoce que los flavanoles del cacao contribuyen a mantener la vasodilatación dependiente del endotelio y, con ello, un flujo sanguíneo normal, siempre que se alcance una cantidad concreta de estos compuestos. Eso no convierte una tableta en un tratamiento médico, pero sí explica por qué el cacao despierta tanto interés científico.

También aporta fibra y minerales como magnesio, hierro, cobre o manganeso, además de teobromina, una sustancia estimulante más suave y duradera que la cafeína. Sin embargo, sigue siendo un alimento energético, por lo que más no significa necesariamente mejor. La clave está en elegir calidad y disfrutar una cantidad razonable, no en convertirlo en un suplemento disfrazado de postre.

Qué significa realmente el número

El porcentaje de una tableta indica la proporción total de ingredientes procedentes del cacao: pasta o masa de cacao, cacao en polvo y manteca de cacao.

Un chocolate del 70 % contiene un 70 % de componentes del cacao y un 30 % restante que puede incluir azúcar, vainilla, frutos secos u otros ingredientes. Como norma general, cuanto más alto es el porcentaje, menos espacio queda para el azúcar, aunque conviene comprobar siempre la etiqueta.

El 100 % no lleva azúcar añadido y ofrece el sabor más intenso, amargo y astringente. No es obligatoriamente “mejor”: simplemente es cacao sin endulzar. Y atención, porque el porcentaje tampoco revela por sí solo cuántos flavanoles conserva ni la calidad del grano. Dos chocolates del 85 % pueden ser radicalmente distintos según su origen y elaboración.
Un buen chocolate negro no necesita una lista interminable. Sus ingredientes principales deberían ser masa o pasta de cacao, manteca de cacao y una cantidad moderada de azúcar. Puede contener lecitina, que facilita la textura, o vainilla, sin que eso convierta el producto en peor chocolate.

Además, los ingredientes aparecen ordenados de mayor a menor peso. Por tanto, si el azúcar ocupa el primer lugar, ya sabemos que es el verdadero protagonista, aunque el envase esté cubierto de mazorcas, hojas y promesas artesanales.

El azúcar de coco, la panela o el sirope pueden aportar sabores diferentes, pero siguen siendo azúcares añadidos. Que suenen más naturales no hace desaparecer su impacto nutricional.
Si buscas los beneficios del cacao, conviene limitar los chocolates con azúcar como primer ingrediente, jarabes, grasas hidrogenadas, aceites vegetales, rellenos muy azucarados y largas listas de aromas o aditivos.

Las grasas vegetales permitidas no convierten automáticamente un producto en perjudicial, pero pueden sustituir parte de la manteca de cacao y alejarlo de una elaboración más pura. En la Unión Europea, determinados chocolates pueden incorporar hasta un 5 % de ciertas grasas vegetales distintas de la manteca de cacao.

También merece atención la expresión “cacao alcalinizado”. Este proceso suaviza la acidez, oscurece el color y reduce el amargor, pero puede disminuir parte de los polifenoles. La fermentación, el secado, el tostado y el conchado también modifican los flavanoles y la teobromina. El porcentaje importa, pero el proceso importa casi tanto como el porcentaje.

El cacao posee algo parecido al terroir del vino. La variedad, la altitud, el clima, el suelo, la fermentación y el tostado generan notas florales, frutales, tostadas, especiadas o terrosas.

Por eso, expertos en cacao como Paccari insisten en la trazabilidad y en trabajar cerca del origen. No es solo una cuestión ética: pagar justamente, conocer a los productores y controlar la cadena permite proteger variedades, mejorar los procesos y conservar perfiles aromáticos que se pierden cuando todos los granos se mezclan y estandarizan.

Prueba a dejar que una pequeña porción se funda lentamente. Primero llega el amargor; después pueden aparecer acidez, fruta, frutos secos, madera o flores. Un buen chocolate no sabe únicamente a “dulce”: tiene capas, evolución y memoria.

Al final, elegir mejor no consiste en perseguir la tableta con el número más alto ni en utilizar el cacao como excusa para comer sin medida. Consiste en recuperar el chocolate como lo que siempre fue antes de convertirse en golosina industrial: un producto agrícola complejo, ligado a un territorio y capaz de ofrecer placer, historia y matices.

Porque cuando el cacao es realmente el protagonista, el chocolate no necesita prometer milagros. Le basta con saber a verdad.
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