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Verano al Rojo Vivo: Cuando las Vacaciones Firman el Divorcio

7 min

Reportaje sin filtros — abanico desplegado y una dosis obscena de sinceridad— sobre por qué el final del verano se ha convertido en la temporada alta para decir adiós al “para siempre”. Spoiler: no es solo el calor

Boom de divorcios post-vacaciones

Cuando el chiringuito cierra y las maletas vuelven a casa, muchas mujeres nos damos cuenta de que lo que urge embalar no es la toalla sino la convivencia.

No es casualidad que septiembre se haya ganado la fama de «mes de los divorcios»: las demandas se disparan alrededor de un 20 % sobre la media anual, según el Consejo General del Poder Judicial, y eso sin contar las separaciones “de hecho” que nunca llegan a firmarse.

Las togas no descansan: uno de cada diez matrimonios españoles se deshace justo tras las vacaciones.

¿Coincidencia? Ni de broma.
El calendario judicial indica que los meses inmediatamente posteriores a los periodos festivos —septiembre tras el verano y enero después de Navidad— se han ganado el apodo de “la cuesta del amor”: pendientes empinadas que pocos vínculos aguantan sin resbalar.

24/7 bajo un mismo techo

¿Por qué tantas parejas crujen precisamente en verano?

Durante el año, la rutina amortigua la fricción —oficina, gimnasio exprés, colegio, grupos de WhatsApp que echan humo— cada cual rueda por su carril y choca lo imprescindible.

Pero llega agosto, el reloj se descuelga y ambos pasan de verse a fogonazos a compartirlo todo. De repente, familia y relación se activan en modo intensivo y algunas costuras sentimentales saltan como hilo barato.

La ansiada desconexión muta en gymkhana: cazar el vuelo que no pulverice la hipoteca, encajar maletas de “por si acaso” que desafían la física y mantener a la tropa infantil/teen en modo "felicidad patrocinada" mientras improvisas planazos.

Solo esa logística derrite la camiseta antes siquiera de arrancar el coche.
Ese paréntesis idealizado se convierte en triatlón doméstico. La convivencia intensiva es solo una gota más en un vaso que ya puede venir medio lleno. Pero no es la única gota , ni mucho menos la definitiva.

Silencio entre olas, decisiones en estéreo

No todo es estrés logístico. Otra bomba de relojería estival es el tiempo para pensar.

Entre paseo y siesta, el cerebro —sin correos, sin reuniones y sin alarma al amanecer— se cuela en modo auditoría interna.
Vacaciones significa aire, y donde hay aire caben preguntas que en otros meses ni te planteas: «¿Esto me hace feliz?», «¿Quiero otro año igual?».

Lejos de la rutina, el silencio hotelero más la carretera infinita destapan lo que ayer parecía comodidad y hoy pesa como ancla.
La conclusión no llega de golpe, sino de horas de paseo y madrugadas en blanco: posponer la propia felicidad ya no entra en la maleta.

TOP 6 versión extendida: los otros detonantes del divorcio veraniego

Ya hemos hablado de convivencia intensiva y reflexiones veraniegas, pero hay más. Aquí tienes nuestro ranking de los detonantes más frecuentes que convierten cada verano en un auténtico examen final para las relaciones.

Llegadas a este punto quizá pienses: “vale, todo esto ya lo sé o lo intuyo, pero ¿qué pasa cuando, además, entran en escena las hormonas?” Pues ahí es justo donde queremos llegar. Porque cuando hablamos de mujeres de más de 45, la perimenopausia añade gasolina al fuego y convierte cada situación en una posible mecha.

Menopausia en escena

Si añadimos a esta mezcla explosiva el factor hormonal, la perimenopausia juega un papel crucial. Sin estrógenos no hay paraíso: la producción hormonal sube y baja como montaña rusa sin frenos.

Resultado: el hipotálamo pierde la brújula. Traducción Womanhood: el agua está a 24 grados pero nuestro cuerpo marca «posible erupción volcánica».

No estamos hablando exclusivamente de la incomodidad del momento “sofocos en verano”. Al caer los estrógenos, serotonina y dopamina —las directoras de nuestro equilibrio emocional— se tambalean y se cuelan síntomas como la irritabilidad, tristeza relámpago y ansiedad inexplicable. Spoiler: no, no dramatizamos, es nuestra bioquímica jugando con fuego. Y cuando nuestro universo interior arde, cualquier roce externo chisporrotea como verbena de San Juan.

Cuando el cuerpo pide tregua

Uno de los temas más difíciles de gestionar es cómo la perimenopausia transforma nuestra sexualidad.

Las expectativas vacacionales de sexo paradisíaco chocan frontalmente con la sequedad vaginal, el dolor, la libido que desaparece sin avisar y noches eternas despertándonos a las 03:00 am, lo que se traduce en un cansancio que nos afecta a todo.

Y no, no es falta de interés, es que nuestro cuerpo necesita otro ritmo: más suave, paciente y lubricado. Comprender esto es clave: si nuestra pareja no lo entiende, la incomodidad física se convierte en frustración emocional.

¿La buena noticia? El deseo se puede recuperar; pero exige cuidados premium y comunicación clara.
Las relaciones no son lineales ni fáciles, mucho menos cuando el cuerpo y las emociones atraviesan cambios profundos. Es cierto que las expectativas veraniegas pueden amplificar problemas y sacar a la luz conflictos enterrados bajo la rutina, pero también es verdad que estos momentos de crisis pueden convertirse en oportunidades para renovar la comunicación y redefinir la complicidad.

A veces, abrir una conversación incómoda o pedir paciencia ante lo que sucede físicamente puede ser la clave para transformar un verano complejo en una nueva etapa de crecimiento o, al menos, tomar decisiones desde un lugar de calma y claridad.

Al final, la verdadera rebeldía no es solo saber cuándo decir adiós, sino reconocer cuándo merece la pena quedarse y trabajar para escribir un guion diferente.

Cuando las hormonas cambian nuestras prioridades

Hace poco escuché decir a Pablo Motos que “hay que amar a las personas como se ama a un gato, con su carácter, su independencia, sin intentar domarlo, sin intentar cambiarlo, dejando que se acerque cuando quiera y siendo feliz con su felicidad”.

Pensé que tiene toda la razón y me hizo reflexionar sobre qué nos ocurre a las mujeres precisamente cuando los estrógenos empiezan a caer. Hasta entonces, creo que solemos ir en modo “perrito fiel”: pendientes de hijos, pareja, trabajo, casa... Pero cuando el baile hormonal se desata, nuestro modo cambia más a gato: seguimos queriendo estar ahí, pero necesitamos independencia, otro ritmo y, sobre todo, más espacio para nosotras.

No es una crisis, es una señal clara de que necesitamos colocarnos por fin en la primera posición de nuestro propio to-do list. Porque nuestro cuerpo y nuestra mente nos piden ahora más atención que nunca, precisamente para convertirnos algún día en esa viejecita fabulosa que viaja, disfruta la vida y es independiente.

Y aquí es donde la información y la comunicación juegan un papel clave. ¿Cómo vamos a explicar a nuestra pareja o entorno algo que ni siquiera nosotras comprendemos bien? Por eso, tener información clara sobre qué nos pasa física y emocionalmente es vital para poder explicarlo, compartirlo y si, también trabajarlo. Este punto es fundamental no solo para nosotras, sino para cualquier persona que nos acompañe en este proceso. Por supuesto, empezando por nuestra pareja.

Divorciarse también es amor (propio)

Y si finalmente decides divorciarte, recuerda que poner fin a una relación no es fracasar, sino una decisión valiente.

Es normal sentir miedo ante el cambio, pero también es una oportunidad para reencontrarte contigo misma, descubrir nuevas versiones de ti y abrir las puertas a lo que realmente te hace sentir bien.

Desde Womanhood te lo decimos claro: el siguiente capítulo lo escribes tú, abanico en mano, sin pedir permiso y con toda la valentía que te mereces.
¿Pareja sólida o castillo de naipes postvacacional? Haz el test.

Nuestro Test de (in)compatibilidad no te va a decir si debes divorciarte o no (eso lo decides tú), pero sí te va a ayudar a poner luz (sin filtros) sobre lo que está pasando puertas adentro. ¿Rutina, hormonas o ya no hay vuelta atrás? 20 preguntas y un objetivo: escucharte sin excusas.


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